Ekaterina Bukareva llegó a Pamplona en 2003, con 16 años, procedente de una localidad rusa de unos 60.000 habitantes, Zarechny, emplazada a unos 700 kilómetros de Moscú y que no aparece en los mapas: “Hay varias así, son ciudades secretas porque tienen fábricas o industrias militares”. En Zarechny se producen componentes de misiles. De hecho, la localidad se construyó alrededor de la fábrica y el acceso está restringido a quienes trabajan allí o tienen relación familiar con ellos. Su abuelo materno era ingeniero de la planta, y sus dos abuelas y su madre también eran empleadas. Es hija única y se crio, comenta, en un ambiente seguro gracias a las peculiares características de la ciudad.
Fue su madre la que tomó la decisión de salir, y lo hizo pensando en Ekaterina: “Quería que viviera en un lugar con una mentalidad más abierta, que fuera a la universidad… Se separó, dio el paso de cambiar su vida y, de paso, brindarme una oportunidad para que yo tuviera otro futuro”. Un hermano de su madre había venido en 2001 a Pamplona porque aquí tenía amigos que le ayudaron a establecerse: “Encontró trabajo y estaba muy a gusto. Eso animó a mi madre a venir en 2002, también consiguió un empleo y ahorró durante un año para traerme”.
Llegó a finales de junio de 2003. Y los Sanfermines casi fueron lo primero que conoció. “Me acuerdo de que las barracas estaban junto a la Casa de Misericordia. Me gustó mucho la ciudad, su ambiente, que estuviera tan cerca de las montañas y de la playa, toda esa variedad. Porque en Rusia vivía a 2.000 kilómetros del mar y las montañas a otros tantos. Eso me encantó”, confiesa con una sonrisa dulce que se extiende a toda su cara.
“Aquel verano fue muy emocionante. Todo era nuevo, diferente, en una ciudad más grande, pero tenía mis limitaciones porque no sabía el idioma, me daba miedo… y vergüenza hacer algo tan cotidiano como ir a comprar. Recuerdo que mi madre me encargaba recados. Por ejemplo, ir a recargar la tarjeta de la villavesa, para que fuera atreviéndome a hablar y a relacionarme con la gente”.
Quizás le delata un leve acento, pero domina el lenguaje a la perfección y se expresa con gran claridad y precisión. Aunque su adaptación no fue problemática, tuvo que romper con su vida anterior y el que hasta entonces había sido su entorno. “Eso fue difícil, echaba de menos a mis amigas, nos escribíamos cartas, alguna llamada de vez en cuando, intercambiábamos fotos… También fue complicado porque, al principio, nos tocó compartir piso con otra gente. En Rusia, por el contrario, teníamos el nuestro. Pero mi madre debía mantenerme y teníamos poco dinero”.
RÁPIDO PROGRESO
Convalidó los títulos obtenidos en Rusia y se reenganchó en 1º de bachiller. Ahí se muestra agradecida al Departamento de Educación por su diligencia al hacer los trámites, así como al director del IES Plaza de la Cruz, que les recibió amablemente cuando eligieron el centro para continuar sus estudios. Con Ekaterina se incorporaron alumnos búlgaros, moldavos, ucranianos, y el centro les asignó una profesora de castellano. “Nos vino muy bien, lógicamente teníamos que estudiar un montón de horas en casa, siempre con el diccionario en la mano. ¡Entonces no había Google Translate ni nada de eso!”, exclama riéndose.
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